Sororidad en campaña: cuando la hermandad entre mujeres trae logo, colores y fecha de caducidad

Ciudad de México, 26 mayo 2026.- Durante años se nos ha repetido una idea poderosa: que entre mujeres debe existir apoyo, acompañamiento y una red capaz de sostenerse incluso en medio de las diferencias. Una palabra tomó fuerza para nombrarlo: sororidad.

En teoría, significa reconocerse, respaldarse y defenderse entre mujeres frente a desigualdades históricas.

En la práctica… a veces parece funcionar más como programa de membresías con restricciones.

Porque hay una pregunta incómoda que vale la pena poner sobre la mesa:

¿La sororidad sigue siendo sororidad cuando depende del partido político, del cargo, del presupuesto, del apellido o del beneficio que pueda generar?

Resulta curioso observar cómo algunas voces levantan banderas de apoyo absoluto cuando la mujer señalada, criticada o cuestionada pertenece a su mismo grupo político. Ahí sí aparecen los discursos sobre violencia política, unidad femenina y defensa colectiva.

Pero basta que cambie el color del chaleco, del instituto o de la oficina… y entonces aquella hermana de lucha se convierte mágicamente en adversaria, incompetente, traidora o digna de linchamiento público.

Y así descubrimos que algunas ideologías tienen una elasticidad admirable: se estiran cuando conviene, se encogen cuando incomodan.

Porque parece que la solidaridad no siempre se rompe por diferencias de pensamiento; muchas veces se rompe cuando entran en juego intereses personales, posiciones de poder, candidaturas, contratos, espacios de influencia o cálculos económicos.

Entonces ya no importa si antes se marchaba juntas, si se hablaba de igualdad o si se prometía respaldo mutuo.

La consigna cambia.

Y el discurso también.

Lo que ayer era “ninguna mujer sola”, mañana se convierte en “bueno… pero ella no”.

La verdadera sororidad tendría que ser incómoda. Tendría que significar defender principios incluso cuando no convienen políticamente. Acompañar sin preguntar por afiliaciones. Señalar errores sin destruir personas. Reconocer méritos sin importar colores.

Pero eso exige algo que escasea más que los discursos: congruencia.

Por eso quizá la pregunta ya no es si la sororidad existe.

La pregunta es: ¿Cuántas veces la convertimos en un concepto tan selectivo que terminó pareciéndose más a una alianza política temporal que a una causa?

Y ahí está la paradoja.

Tal vez la verdadera sororidad no sea una utopía.

Tal vez exista.

Solo que hace mucho dejó de ir a ciertos eventos porque le pidieron credencial partidista para entrar.

Sororidad administrada: cuando el patriarcado descubre que también puede usar voz femenina.

Hay una contradicción incómoda de decir en voz alta: el sistema patriarcal no siempre opera con hombres al frente.

A veces opera mucho mejor cuando aprende a usar discursos de igualdad, rostros femeninos y narrativas de representación… para conservar exactamente las mismas estructuras de siempre.

Porque el poder tiene una habilidad extraordinaria: adaptarse.

Durante años muchas mujeres abrieron el camino pagando costos personales, profesionales y familiares enormes. Estudiaron el doble, trabajaron el triple y demostraron diez veces más para sentarse en mesas donde históricamente ni siquiera había silla para ellas.

Y cuando por fin algunas puertas comenzaron a abrirse… apareció una nueva versión del mismo juego.

Ya no era tan aceptable decir abiertamente quién podía entrar y quién no.

Entonces el mecanismo cambió.

Ahora el discurso es inclusión.

Pero el control sigue siendo el mismo.

Porque hay ocasiones donde el sistema no necesita impedir que una mujer llegue: le basta con decidir cuál mujer llega.

La que no incomode.

La que no cuestione.

La que sea útil.

La que golpee políticamente a otra mujer mientras se vende el espectáculo como “pluralidad”, “renovación” o “relevo generacional”.

Y así aparece uno de los fenómenos más incómodos de la política contemporánea: mujeres utilizadas para desacreditar, dividir o sustituir a otras mujeres… mientras desde arriba alguien aplaude diciendo que eso prueba que ya existe igualdad.

Como si poner mujeres a competir por migajas fuera revolución.

Como si ocupar espacios equivaliera automáticamente a transformar estructuras.

Y aquí hay que decir algo que incomoda a todos los colores:

Tener una mujer en un cargo no garantiza justicia para otras mujeres.

Porque representación no siempre significa transformación.

Hay mujeres que llegan por mérito, preparación, experiencia y trabajo construido durante años.

Y también hay estructuras que usan el discurso de género como una herramienta de legitimación mientras siguen premiando lealtades, intereses económicos, acuerdos políticos o conveniencias personales.

Eso no invalida los avances.

Pero sí obliga a preguntar:

¿Estamos abriendo espacios… o solo cambiando quién administra la puerta?

La verdadera sororidad no tendría que significar proteger errores ni entregar cargos por decreto.

Tampoco significa negar el mérito.

Significa algo mucho más revolucionario:

Que ninguna mujer tenga que destruir a otra para demostrar que merece estar ahí.

 

Porque cuando el poder logra convencer que el camino al liderazgo femenino pasa por desplazar, dividir o cancelar a otras mujeres…

El patriarcado no perdió, Solo cambió de estrategia.

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