Foto via redes sociales
Qué curioso.
Cuando se trata de enfrentarse entre ellos, se esconden.
Cuando se trata de desafiar al Estado, se dispersan.
Pero cuando se trata de quemar el auto de un trabajador que va camino a su casa… ahí sí son “valientes”.
Hoy vimos otra vez el mismo guion: hombres armados obligando a conductores a bajar de sus vehículos, rociando gasolina y prendiéndoles fuego como si el esfuerzo ajeno fuera utilería desechable.
Porque claro, destruir lo que no construiste siempre es más fácil que trabajar por ello.
Son expertos en incendiar autos… pero incapaces de construir una vida.
Son especialistas en amenazar a personas indefensas… pero invisibles cuando el enfrentamiento es real.
Son maestros del terror contra ciudadanos comunes… pero estrategas solo cuando el blanco no responde.
Al padre de familia que aún debe cinco años del crédito del carro que quemaron.
A la madre que usa su vehículo para llevar a sus hijos a la escuela.
Al trabajador que lo compró después de años de ahorro.
Qué hazaña tan heroica.
Mientras tanto, el discurso que intentan vender es que son una “fuerza”.
No. Fuerza sería generar algo.
Esto es vandalismo armado con complejo de superioridad.
La verdadera cobardía no es esconderse.
Es destruir lo poco que alguien más logró con trabajo honesto.
Porque incendiar un auto no es atacar al gobierno.
Es atacar al ciudadano.
Y eso no es poder.
Es miedo disfrazado de violencia.
Al final, el fuego no demuestra control.
Demuestra desesperación.
Y cuando un grupo necesita quemar bienes de inocentes para enviar un mensaje… es porque ya no tiene otra forma de hacerse notar.
La pregunta no es por qué queman.
La pregunta es por qué su única “valentía” siempre termina apuntando hacia quien no puede defenderse.