Salamanca, Gto. 26 de enero 2026.- En Salamanca, once personas fueron asesinadas mientras hacían lo que, en teoría, todavía estaba permitido en este país: ver un partido de fútbol. Ocurrió a plena luz del día, a las cinco de la tarde, en unas canchas de la comunidad Loma de Flores. No en la madrugada, no en un callejón escondido. En horario familiar.
El saldo fue brutal: 11 personas muertas y 12 heridas.
La respuesta institucional, en cambio, fue impecable… para la foto.
Patrullas, paramédicos, policías municipales, Guardia Nacional, Ejército, fuerzas estatales. Todo el catálogo completo del Estado mexicano llegó puntual, pero después. Porque aquí la lógica es clara: primero ocurre la masacre, luego el operativo, después el comunicado y finalmente el silencio.
Las autoridades locales informaron que “lamentablemente” hubo fallecidos. Lamentablemente. Como si se tratara de un accidente doméstico y no de una ejecución múltiple en un espacio público. También “condenaron enérgicamente” los hechos, una frase que en Guanajuato ya funciona más como muletilla que como política pública.
Mientras tanto, la Guardia Nacional, el Ejército y las corporaciones estatales montaron un operativo de búsqueda. Uno de esos operativos que nunca encuentran a nadie, pero sirven para demostrar que “se está trabajando”.
La Fiscalía General del Estado de Guanajuato inició investigaciones, levantó indicios y prometió esclarecer los hechos. Lo mismo que prometió ayer. Y antier. Y el mes pasado. Y el año pasado. Hasta ahora, sin nombres de responsables, sin detenidos, sin explicación.
La Secretaría de Seguridad y Paz, por su parte, optó por una estrategia ya conocida: no decir nada. Porque a veces el silencio vende mejor la idea de control que la verdad.
Aquí el problema no es solo la violencia.
El problema es que las autoridades parecen más ocupadas en cuidar su imagen que en cuidar a la gente. Se tapa el sol con comunicados, se defiende lo indefendible con frases institucionales y se normaliza lo inaceptable bajo el discurso de la “coordinación”.
Once personas fueron asesinadas en un campo deportivo.
Y el Estado respondió con solidaridad, condenas y compromisos.
En Salamanca, como en buena parte de Guanajuato, la inseguridad ya no es una crisis: es una rutina.
Lo extraordinario no es la masacre.
Lo extraordinario sería que alguien, alguna vez, asumiera la responsabilidad.